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El humo que no cabe en la métrica

Hay pocos números que hayan tenido tanta importancia en la salud pública ambiental como el 2.5. Son micrómetros: el diámetro por debajo del cual una partícula suspendida en el aire se clasifica como PM2.5. A partir de esa medida se han construido estándares de calidad del aire, sistemas de vigilancia y buena parte de la epidemiología ambiental de las últimas décadas.

La clasificación es, en principio, instrumental: depende del tamaño de las partículas que podemos recoger y medir. No describe directamente lo que esas partículas hacen en el organismo. Aun así, ha resultado extraordinariamente útil. Gracias al PM2.5 podemos comparar ciudades, establecer límites regulatorios, estimar exposición y calcular una parte importante de la carga de enfermedad atribuible a la contaminación del aire.

Pero esa utilidad tiene un costo: tratar bajo una misma medida partículas que pueden tener orígenes y composiciones muy diferentes.

Durante mucho tiempo eso fue manejable. Buena parte de la contaminación estudiada provenía del tráfico, la industria y otras fuentes urbanas relativamente persistentes. El humo de los incendios forestales introduce un problema distinto.

Una Review publicada en The Lancet en septiembre de 2026 sintetiza la evidencia disponible sobre humo de incendios forestales y salud. El panorama que presenta es amplio: mortalidad, enfermedades respiratorias y cardiovasculares, efectos durante el embarazo, deterioro cognitivo y problemas de salud mental. Para los incendios de Canadá de 2023, por ejemplo, recoge estimaciones de unas 5400 muertes agudas y más de 64 000 muertes crónicas en Norteamérica y Europa.

Sin embargo, hay otro aspecto de la Review que me parece más interesante. A medida que uno avanza por sus distintas secciones aparece una dificultad recurrente: el PM2.5 sigue siendo indispensable para estudiar el humo, pero cada vez resulta más evidente que no basta para describirlo.

No todo PM2.5 es igual

La primera dificultad es química. El humo de un incendio no es simplemente contaminación urbana producida lejos de la ciudad. Su composición depende de qué se quema, de cómo arde, de la temperatura de combustión y también de lo que ocurre con el humo mientras se desplaza por la atmósfera.

La Review recoge estudios en los que el humo de incendios presenta una proporción elevada de partículas submicrónicas y una carga importante de materia orgánica, hidrocarburos aromáticos policíclicos oxigenados, quinonas, aldehídos y otros compuestos con capacidad oxidativa e inflamatoria. También importa el combustible: quemar turba no produce exactamente el mismo humo que quemar roble o eucalipto. Tampoco una combustión lenta, sin llama, produce la misma mezcla que un incendio con llama abierta. Y la composición sigue cambiando después de emitida: el humo envejece químicamente mientras viaja.

El problema se vuelve todavía más evidente cuando el fuego alcanza zonas urbanas. En la interfaz urbano-forestal ya no arden solamente árboles y vegetación. Arden viviendas, pinturas, plásticos, vehículos, materiales de construcción y madera tratada.

Todo eso puede terminar representado por una misma cifra: tantos microgramos de PM2.5 por metro cúbico. La cifra sigue siendo útil, pero dos lugares con la misma concentración de PM2.5 pueden estar expuestos a mezclas bastante diferentes.

Tampoco importa solamente cuánto, sino cómo

Hay además un problema temporal. La contaminación urbana suele tener cierta continuidad: puede subir o bajar según la hora, el tráfico o la estación del año, pero forma parte de un fondo relativamente persistente. Los incendios funcionan de otra manera. La exposición puede concentrarse en episodios breves y muy intensos: una población con aire relativamente limpio durante buena parte del año puede pasar varios días o semanas bajo concentraciones excepcionalmente altas. Cuando resumimos esa exposición mediante una media anual, buena parte de la particularidad del episodio desaparece.

Y aquí aparece una pregunta todavía abierta: ¿produce el mismo daño una determinada dosis acumulada cuando se recibe poco a poco durante meses que cuando se concentra en unos pocos días? Buena parte de la regulación ambiental trabaja, inevitablemente, con promedios y acumulaciones. Pero para el humo de incendios todavía no sabemos hasta qué punto esas formas distintas de exposición son biológicamente equivalentes.

El humo tampoco está compuesto solo por partículas

Otra dificultad es que el PM2.5 no viaja solo. En una pluma de incendio también encontramos monóxido de carbono, óxidos de nitrógeno, compuestos orgánicos volátiles y contaminantes secundarios como el ozono. Algunos se transforman durante el transporte atmosférico y otros ni siquiera se miden de manera rutinaria.

Esto complica la interpretación epidemiológica. Cuando observamos que un aumento del PM2.5 durante un incendio se asocia con más hospitalizaciones o más enfermedad respiratoria, sabemos que existe una relación con la exposición al humo. Lo que no siempre podemos determinar con la misma claridad es qué componente de esa mezcla explica qué parte del efecto. En otras palabras, el PM2.5 puede estar funcionando como marcador de una exposición bastante más compleja.

El problema de un buen proxy

Esto no convierte al PM2.5 en una mala medida. Al contrario: pocas variables ambientales han resultado tan productivas. El problema aparece cuando una medida útil termina confundiéndose con el fenómeno que intentaba representar.

Medimos PM2.5 porque existen redes preparadas para hacerlo. Las alertas sanitarias utilizan PM2.5. Los satélites y modelos atmosféricos intentan estimarlo. Los estudios epidemiológicos lo emplean porque permite comparar poblaciones y construir series temporales.

Ese éxito genera una especie de inercia metodológica. Aquello que se expresa fácilmente mediante PM2.5 entra con naturalidad en los modelos. Lo demás —la composición química de el humo, su potencial oxidativo, la intensidad de los episodios o la exposición simultánea a gases— resulta mucho más difícil de incorporar. No porque sea necesariamente menos importante, sino porque es más difícil de medir.

En ese sentido, el PM2.5 es un proxy extraordinariamente exitoso. Y justamente por eso conviene recordar que sigue siendo un proxy.

La Review de The Lancet no plantea abandonar el PM2.5. Sería absurdo hacerlo. Lo que aparece, más bien, es la necesidad de acompañarlo con otras dimensiones de la exposición. Entre ellas están las métricas capaces de representar exposiciones repetidas durante varios años, la caracterización química del humo y medidas como el potencial oxidativo de las partículas. También será necesario mejorar los modelos que no solo estiman cuánto humo llegará a una población, sino qué tipo de humo será.

Esto será cada vez más relevante porque los incendios también están cambiando. Cambian la vegetación, la humedad del combustible, la extensión de las áreas quemadas y la frecuencia con que el fuego alcanza zonas habitadas. El humo de los incendios futuros no necesariamente tendrá la misma composición que el de los incendios a partir de los cuales construimos buena parte de nuestra evidencia actual.

Mientras tanto, la exposición aumenta. El humo de incendios representa ya alrededor del 6 % del PM2.5 global, y la Review recoge proyecciones de incrementos de entre 10 % y 21 % según el escenario de calentamiento. En algunas regiones está dejando de ser un episodio excepcional para convertirse en una fracción importante de la exposición acumulada durante la vida.

Esto tiene además una dimensión de desigualdad. Un estudio realizado en 48 países de ingresos bajos y medios encontró una asociación entre cada microgramo adicional de PM2.5 procedente de incendios y un aumento de 3.2 % en las infecciones respiratorias agudas de niños menores de cinco años. Son, al mismo tiempo, regiones donde las redes de monitoreo suelen ser menos densas y donde dependemos mucho más de estimaciones satelitales y modelos atmosféricos.

Por eso la discusión sobre cómo medir el humo no es solamente técnica. Toda medición selecciona algunos rasgos del fenómeno y deja otros fuera. El PM2.5 permitió hacer visible un problema que durante décadas fue difícil de cuantificar y contribuyó enormemente a mostrar que la contaminación del aire enferma y mata. Ahora los incendios están haciendo visibles los límites de esa misma herramienta.

No necesitamos dejar de medir PM2.5. Necesitamos dejar de pedirle que nos cuente toda la historia.


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